
Ruido en las ventanas. Golpes de gotas a las que se les impide entrar. Están desahuciadas y las comprendo. Me siento espiada y tengo frío. Y escalofríos. Y hambre. Hambre voraz de palabras acalladas, estallidos escondidos de esas cosas que debería decir pero no me atrevo. Y hay un gris en el cielo como esa camiseta que llevo puesta, la típica de las mañanas, la que ya no muestro a nadie. Y el retumbar constante en el cristal hace eco en mis entrañas. Y me siento vacía. El reloj suena en la pared. Cojo un libro -mientras pienso en que tengo cinco a medias- intentando acallar el silencio de una mente caótica por tu culpa. Y me corto con la hoja (y tú estás lejos). Sangre (y sé que te gusta esa manera mía de combinar el rojo con el negro). Corto la hemorragia con la boca (e imagino tus labios en mi herida). Ese sabor peculiar del metal la inunda y acalla mi sed (la que tengo desde que no bebo de ti). Tu ausencia me causa heridas. No consigo leer y las letras me parecen esquivas. Se pierden (se parecen a ti). Están desubicadas y borrachas, como atolondradas. Y ahondo mi pensamiento en tus palabras. Muerdo mis labios. Miro esa silla en la que nunca te sentarás. Y odio saber que no tengo recuerdos tuyos. Porque no puedo ni sentir míos tus momentos, porque no tenemos nada nuestro, sólo palabras. Como las de ese libro que no acabo. Y rompo un vaso contra la pared y salpican cristales por las sábanas y el suelo. Me veo fragmentada en miles de ellos y no me molestaré en recogerlos. Como sé que tu nunca harás con mis fragmentos. Rabio por dentro al saber que otra te gritará mientras yo te pienso. Que otra te abrazará mientras no me duermo. Otra te cuidará mientras yo te pierdo. Miro una planta marchita en el balcón pudriéndose. Ella tampoco puede palpar nada, no tiene sentidos. Como yo contigo. No tenemos nada. Siento la humedad en el pecho y al menos sé que eso puedes llegar a notarlo en algún momento. Pero nunca los dos a la vez. Como todo. Separados. Y mucha distancia carcomiendo las mentes y los cuerpos.

