jueves, abril 29, 2010

Inconexión caótica de palabras.




Ruido en las ventanas. Golpes de gotas a las que se les impide entrar. Están desahuciadas y las comprendo. Me siento espiada y tengo frío. Y escalofríos. Y hambre. Hambre voraz de palabras acalladas, estallidos escondidos de esas cosas que debería decir pero no me atrevo. Y hay un gris en el cielo como esa camiseta que llevo puesta, la típica de las mañanas, la que ya no muestro a nadie. Y el retumbar constante en el cristal hace eco en mis entrañas. Y me siento vacía. El reloj suena en la pared. Cojo un libro -mientras pienso en que tengo cinco a medias- intentando acallar el silencio de una mente caótica por tu culpa. Y me corto con la hoja (y tú estás lejos). Sangre (y sé que te gusta esa manera mía de combinar el rojo con el negro). Corto la hemorragia con la boca (e imagino tus labios en mi herida). Ese sabor peculiar del metal la inunda y acalla mi sed (la que tengo desde que no bebo de ti). Tu ausencia me causa heridas. No consigo leer y las letras me parecen esquivas. Se pierden (se parecen a ti). Están desubicadas y borrachas, como atolondradas. Y ahondo mi pensamiento en tus palabras. Muerdo mis labios. Miro esa silla en la que nunca te sentarás. Y odio saber que no tengo recuerdos tuyos. Porque no puedo ni sentir míos tus momentos, porque no tenemos nada nuestro, sólo palabras. Como las de ese libro que no acabo. Y rompo un vaso contra la pared y salpican cristales por las sábanas y el suelo. Me veo fragmentada en miles de ellos y no me molestaré en recogerlos. Como sé que tu nunca harás con mis fragmentos. Rabio por dentro al saber que otra te gritará mientras yo te pienso. Que otra te abrazará mientras no me duermo. Otra te cuidará mientras yo te pierdo. Miro una planta marchita en el balcón pudriéndose. Ella tampoco puede palpar nada, no tiene sentidos. Como yo contigo. No tenemos nada. Siento la humedad en el pecho y al menos sé que eso puedes llegar a notarlo en algún momento. Pero nunca los dos a la vez. Como todo. Separados. Y mucha distancia carcomiendo las mentes y los cuerpos.

lunes, enero 18, 2010

Exprimiendo pensamientos.


Quisiera escribir algo alegre pero no puedo. De verdad lo intento, me siento y pienso.

Desde hace unos meses siempre tengo en mi mente el volver, el recuperar la esencia marchita... el vivir.

No me percaté, sin embargo, de que esta vuelta era más que una puerta abierta a todo lo que fui en un tiempo ya demasiado lejano como para recordar con certeza, sino también a un yo misma que nunca había llegado a alcanzar, a un yo deseado y que soñé con ser algún día.

Hace ya demasiado que comencé a descender dentro de mi difuso "yo interior", hasta tal punto que las secuelas dejaron de ser rastro de los últimos cambios para ser las marcas de una auto-destrucción a medida propia del no saber encontrar el orden de un futuro más complejo aún que mi propio mecanismo de defensa.

Y puede que nadie logre entenderme, más bien puede que ni yo misma todavía lo haga... Pero lo cierto es que no pienso parar hasta salir de nuevo a flote.
He estado casi matando la parte de mí que más quería y sin quererlo. Y miedo me da no volver a verla.

Esta lucha es cuestión de fuerza interior, de auto-suspiros, es una escalada manual pero eficiente hacia lo más profundo de uno mismo.
Aquí es donde me paro y me siento a reflexionar sobre todo lo que fui, diplomada en no ser desplomada por las emociones y esta cara de no saber dónde puedo acabar (y es por ello que con frecuencia mi faz se vuelve algo desencajada). Pero... ¿Qué implica?

A comenzado un año (y se avecina otro aniversario) y las ilusiones galopan por mi espalda (y me obligo a pensar en las pocas y difusas esperanzas o alegrías que existen antes de verse éstas totalmente ahogadas por las numerosas dificultades, amargas secuelas y realidades que me -y nos- envuelven). Pienso irremediablemente en si no vuelvo, en si me puedo volver a equivocar, a caer, a esperanzar e ilusionar, a enfadar, a llorar, a luchar y luego perder... o puede que ganara alguna vez... poco importa.

Si miras al final de la escalera, podrás encontrarme observando lo que pasa -observando también a las personas que me rodean, sus vidas, sus metas alcanzadas y los sueños que cumplen, y también sus desdichas, de las cuales quiero formar parte para ayudar y aliviarles sus penas, y ser así algo mejor persona y sentirme bien-, y podrás ver como y como tras la mueca de melancolía de mi rostro escribo con amargura cómo pasan estos años y, junto a ellos, cómo las oportunidades y los sueños se van escapando de entre los dedos.

Tal y como empecé -no sé cómo-, o tal y como me empujaron a empezar esta rueda de irregularidades, entré en este desastre espiritual en búsqueda de una sinopsis correcta para mi historia. Que los finales son tremendos, estamos todos de acuerdo. Irremediablemente siempre confesaré que yo siempre seré la idiota que llore cuando los créditos de la película de esta etapa quieran decirnos adiós.

Hay algo en mi garganta que apenas me deja respirar. Difumino el problema que atosiga mi caja torácica o cómo me están doliendo los viernes. Días casi carentes de aire con el que jugar a humanizarme un poco, que pareciera ahogarme conmigo misma. Será cuestión de poner cada morada en su lugar, quitar un poco de polvo y lucir entre bocas sonrisas cuales razones.

Es tiempo de dibujar tal como a mí me gusta y sé, y también de escribir. Me gustaría narrar una historia diferente... He escrito capítulos de luchas, de desahucios de vidas enteras, de carencias y futilidades, de gritos y esperanzas marchitas, de sueños estampados contra un cristal... Y quiero, y deseo, y anhelo con cada fibra de mi ser, con el último soplo de aliento y esperanza que ahora guardo en un rincón muy escondido de algún lugar perdido de mi interior, algún capítulo que empiece y acabe bien, que sea fructífero en algo y que alimente un poco la dicha de una mujer que, dentro de todo, aún no debería verlo todo acabado y tiene mucho que dar y recibir.

Y quisiera gritar.