sábado, junio 19, 2010

Compartimentos oxidados.


Permítete un momento de no-reflexión, un detenimiento singular en algo muy simple. Fragmenta con el silencio la claridad de una mirada en múltiples imágenes retenidas en las pupilas. Diluye con espasmos la delicadeza de unos labios en la medición de una saliva agridulce. Peina con los dedos la resbaladiza superficie de la cabellera quebradiza llena de partículas de viento, humo y ruido. Usa el instrumento vertebral como si de las teclas de un piano se tratase. Fabrica melodías con las yemas dactilares de manos torpes. Recorre la carretera del desierto que es la piel, que se retrae ante el frío y se abandona a la sequedad del tiempo y la gravedad. Entinta el libro vital de las frases pasadas con palabras tecleadas en suspiros. Haz bailar la realidad sin llegar a la habitación de las ilusiones -esa de la que siempre se sale más dolido que al principio-, al son de la música de un fuego que enciende a la vez que marchita y mata. Y seca. Y enfría. Y endurece. Nunca duradero. Nunca del todo cuerdo.
Pero sobretodo márchate sin pisadas, sin huellas, sin ecos y sin fotogramas pupilares. Deja un espacio en el presente que nunca persista. Y cae en la cuenta de que lo único que permanece, aquí y siempre, contigo, en todos, para todo, es la maldición de la nada. Ese aliento que enfría una almohada. Esa lluvia ácida de los ojos que deshace la ternura. Esa presencia que ahuyenta la vida misma. Esa sombra que pisas. Todo es de materia intangible intentando retrasar la muerte, sin conseguirlo.

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