martes, junio 22, 2010

Dolor del miembro fantasma.

Cuando te prometes a ti mismo que no te permitirás decaer, estás sentenciando gran parte de tu propia estabilidad interna. Dile equilibrio al borde del precipicio amenazando con caer y romperse.
Cuando decides que las lágrimas pueden quedar para más tarde, en realidad te estás abriendo heridas internas que producen hematomas que no ves y que con el tiempo dañarán esa entereza que te empeñas en mantener erguida.
Cuando asumes el papel de toda una familia en una sola persona. Cuando todo el peso de ser la persona adulta recae sobre tu espalda, es el principio de ir hundiéndote en la tierra. Sabes que un día ésta te llegará a la boca y sabes que no tendrás raíz cercana a la que agarrarte.

Nervios por las horas venideras, de estar esperando la pesadilla. Luego trenes. Luego carreteras. Seis de la mañana. Hospital. Planta novena, habitación 931. El sol que tímidamente sale por la ventana anunciando que empieza el día crucial. Por suerte la habitación no es compartida.
Blanco inmaculado cubriéndolo todo (y cómo odias ese color, sólo hace que aumentar el miedo).
Desinfectante corporal y se la llevan. Tú no puedes ir. Queda esperar, esperar, distraerte como puedas, y desear lo mejor.
Una hora. Dos. Cuatro. Seis. Has empezado un libro y ya llevas doscientas páginas.  Marchas a terminar el papeleo definitivo del Documento de Voluntades Anticipadas y el Testamento Vital. Vuelves al cuarto y esperas. Llamada. Que dicen que bajen los familiares, y te ríes sarcásticamente (por decirlo de alguna forma) de que empleen un plural, ese que nunca ha habido entre vosotras, siempre solas para todo.
Nervios. Prisas. Pasos resonantes. Respiración lacerante y asfixiante. Planta tres. parte trasera. Sala para familiares. Te informan rápidamente de algo que necesitarías que te explicaran durante horas y con pelos y señales. Y te hacen esperar dos horas más.
Vuelves al cuarto. Vuelves al jodido libro que ya te cansa.

Y la traen.

Y te vuelves a repetir, ahora no, luego, llora luego. Y vuelves a sentenciarte porque luego sabes que no saldrá.

Tubos. Sueros. Sábanas manchadas ligeramente. Olor nauseabundo a medicamentos y a quirófano. Gasas. Sondas. Drenajes. Y tensión baja. Y mis piernas fallan.
Coges una gasa humedecida y limpias la sangre de la boca. No le dejan beber hasta dentro de cinco horas. Y le levantan la bata, la ridícula bata de lazos traseros abiertos. Y no lo ves del todo. Ves gasas enormes. Ves mercromina recorriendo todo el torso y el brazo izquierdo. Y vuelves a odiar ese olor a hospital.

Horas siguientes que transcurren entre revisiones cada media hora, entre atenciones. constantes. Luego intermitentes. Sabes que ninguna de las dos muestra el verdadero dolor, pero somos así.
No has comido, ni dormido. Te notas agotada pero no puedes hacer ninguna de las dos cosas.

Me pregunto mil cosas y no me puedo ni imaginar esa ausencia, esa sensación tras un miembro amputado. Mastectomía.

Cuando vuelves a casa e intentas hacer vida normal, algo de todo éso te ha vuelto a machacar por dentro, pero a un nivel superior. Y si parezco victimista me da igual. Me duele. Me siento sola. Impotente. Rabiosa. Perdida. Hundida. A la deriva.

Y no sabes qué hacer en una situación así...

Sólo continuar ahí. Continuar entera, presente, a costa de lo que sea. Al fin y al cabo sigue viva.

La lucha no ha terminado.

4 comentarios:

Al dijo...

Hay gente que se acuerda de ti, en un sentido muy poco practico pero puedes decir que no estas sola. Animo.

Anónimo dijo...

ves ... no soy el único que lo dice

Eurus dijo...

Anónimo, ¿quién eres?

Anónimo dijo...

me enterneció tu escrito.

Detion.

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