Usas sonrisas para ahorrar en explicaciones. Silencio tras la boca. Bullicio en la habitación interna llamada "tristeza". Usas miradas cabizbajas para esquivar el mundo. Para ahorrar en relaciones sociales. Huyes de especímenes que no son de tu raza, que son sólo copias de algo que se llama humanidad. Humanidad que no conoce la complejidad de esa palabra. Nadie habita en los cuerpos. Nadie existe tras lo material. Todo está contaminado. Usas palabras pactadas con el mundo para ahorrar en conversaciones. Egoísmo como moneda habitual intercambiada en la saliva. Miedo que tiene el mundo en quedarse a solas con sus "yo".
Y llegas a casa y te desprendes bajo la ducha de esa peste del mundo, de esa contaminación de las miradas, de esa infección de la muchedumbre.
Pero las cosas no cambian mucho.
Y, para ahorrar, usas cuchillas en lugar de lágrimas. Comes plástico en lugar de comida.
Sobrevives anestesiada en casa para ahorrarte una vida. Mueres para ahorrar en conciencia. Para ahorrarte sufrimientos. Para ahorrarte agonías.
Y escribes, escupes en letras, para ahorrar en tener que recurrir al mundo para pedir auxilio.


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