Arqueo la espalda y se oye el crujir de todas las vértebras maltratadas. Una tras otra, ruido seco tras ruido seco. Un concierto de deformidades se agolpan tras de mí. Dentro de mí. Se retuercen en su interior a su antojo, sin seguir al director de la obra. El cuello y su eterna obertura de violines agudos. La columna y todo el repertorio de viento. Arriba esos clarinetes. Las flautas traveseras tan protagonistas. In crescendo. Luego un crujir grave de chelos, a la altura de la curvatura lumbar. La cuerda. Finalizando en un estruendo apoteósico en las notas finales del coxis con el tan sencillo, puntiagudo y característico piano. La armonía del caos en melodía. Extasiadas las piezas recolocadas en su sitio tras la rectitud final. Quedan muchos conciertos pero antes se precisan recambios de cuerdas, y aceite para la oxidación de los movimientos. La música como médula espinal. La sangre como notas en sentimiento. El cuerpo, al fin y al cabo, como instrumento.
sábado, mayo 29, 2010
Sucia.
Sucia. Y hablo con la boca envenenada de sexo como nunca antes lo había hecho. Vacía. Y tengo el portátil entre mis piernas vociferando música roquera que me aumenta la excitación. Cansada. Inclino la cabeza hacia atrás y dejo que los párpados caídos me lleven a un lugar pasado. Tiempo. Y lo acuno aquí, y lo adormezco entre mis muslos. Hambrienta. Porque me despiertas este apetito carnívoro de temperatura elevada, de jadeos y respiración entrecortada, de sequedad en la boca y miradas sin parpadear. Seca. Y escupo en palabras los fluidos de aquellas horas que apuñalan. Extasiada. Y las ansias que evoco chocan contra el techo eyaculándome encima, recordándome que no estás. Concienciada. Palabras que no me atrevo a leer corridas en este espacio blanco. Avergüenzo este folio y te doy la culpa a ti. Y nuevamente. Sucia.
miércoles, mayo 26, 2010
Entrañas indigeribles.
Aire entre los recuerdos.
Es muy tarde y sólo en el silencio de la noche me siento a gusto. Parece que el mundo se mantenga muerto, y me gusta.
Me veo hace una semana en una realidad que no parecía estar a través de toda una península recorrida. Me recuerdo besada, querida. Cansada tras haber sido descubierta entre rincones, ahora añoro algo que no pensé necesitar.
Pienso en que ese alguien me busca entre oscuridades, que me recuerda entre las luces de neón de un local de los años 50 o 60 con música de Elvis de fondo, en la claridad de una cerveza, en anuncios tontos y de carente talento, en los cubitos de un té frío, en los ojos indiscretos de los transeúntes de un camino o de unos conductores y sus copilotos, en los besos de dos amantes, en las caricias de una camiseta, en las pelusillas muertas de dientes de león que llenan los suelos transitables de una pradera, en un plato de pasta italiana y queso con nueces, en el golpe papilar de una taza de café con leche, en peces gigantes y cruces sin sentido que rompen con la estética, en construcciones triangulares enormes en medio de la nada, en vientos propios de huracán.
Me he contagiado de su humor raro pero curioso, y algún día él lo hará de mi poética realista y fatalista.
Ha sabido cómo robarme la coherencia, el aliento y las promesas. Recorrerme con los dedos ya no es sólo una metáfora y sabe qué color se vislumbra en las entrañas que habitan debajo los ropajes de mi interior.
Aquí hay temperaturas que no concibo sin los vientos de otros lugares añorados.
Liemos la vida en algo más que palabras.
Colapso en partida inmediata.
Cuando ves circular esa carretera como diapositivas delante de unas retinas ausentes, sabes que algo no va bien y que en tu interior se congela la esperanza.
La prisa en los pulmones. El palpitar que te apuñala. La respiración cortante. Los gestos asesinos. La adrenalina como acelerante visceral.
Una mirada, otra esquiva y una última cautiva. Besos secos -no como los que solían darse-. Momentos que se marchan en una fugacidad apabullante. Un abrazo eterno, con afán ladrón de llevarte conmigo.
La catarata en los ojos contenida. El miedo que anuncia su llegada.
Suspiros. El nervio se hace más cortante.
Un "No llores, por favor". Más muestras de un despido -al que nunca se acostumbraría uno-, de que es hora de volver a la realidad y a las tareas pactadas. La promesa en tu boca de una visita futura -en un corto plazo de tiempo y la primera de muchas-, un episodio más de esta novela a medias, por fascículos intermitentes, con páginas manchadas de sudor y gemidos.
Veo el cariño que te llevas en ese cuello y en los gestos que te he regalado.
La colección de fragmentos descuartizados se esparcen por el suelo y mis pisadas resonantes de tacones palpitantes arrastran tu despedida.
Te llevas cuatro días. Te llevas casi un año. Te llevas mis reliquias -las pocas que me quedaban-, mis ilusiones, mi corazón y mi alma depositada -a voluntad- en tus pupilas.
Y me marcho a sobrevivir con lo que me queda. En un continuo final a medias.
Dientes de león.
Hemos hecho comunión con nuestras ansias. Mis ganas de ti sólo eran comparables con tus ganas de mí.
Retomando la picardía perdida te he besado, te he abrazado, te he mordido, acariciado, mirado. He intensificado las pupilas perdidas en el sol que se reflejaba en las tuyas, los abrazos, he profundizado con la lengua en tu saliva, en tu sabor. Con las yemas de mis dedos, he recorrido toda tu estructura.
Ya no recordaba esa sensación, ni a mí queriendo llevarla a cabo. Te vas y sé lo que me queda, y sé lo que nos espera. Y soy consciente de que te estoy diciendo que hagas lo mejor para ti, que no es compatible con lo que me pide el cuerpo y yo necesito.
Beso tus labios de nuevo, y otra vez, y otra. No hago caso de que mi barbilla está irritada por tu barba de dos días, ni de que tengo sed. Sigo instintivamente, casi visceral, ese vaivén de emociones, de intensidades esperanzadas, de suspiros que crecen y siguen el oleaje de nuestras emociones.
Tu mano en la mía. El tacto de tus dedos en la cintura. La mirada bajo el sol de media tarde. Un suspiro y mil excitaciones. Y eso que me llevo, y eso que sueño, y eso que, poco a poco, se me va en los minutos que permanezco aquí.
Sabíamos que ésto pasaría, y no esperaba nada.
miércoles, mayo 12, 2010
Mundo en estanterías.
Ya no pertenecemos a ningún sitio.
Te empeñas en decirte a ti mismo que ocupamos un espacio, que alguien nos piensa, que acontecerá algo mejor. Te empeñas en crear distracciones a una vida monótona.
Somos papel. Somos fragilidad en letras. Somos un vómito de frases.
Un libro encima de un libro. Y llamo libro al montón de hojas de las miles de historias que corren por este planeta. Cada persona se crea una propia novela; una novela llamada vida. El mundo es una biblioteca. El mundo tiene tiendas con libros. Tiendas polvorientas. Tiendas actualizadas. Novelas olvidadas, marchitas y con hojas perdidas. Novelas bonitas, cursis, de miedo, dramáticas. Y, sobretodo, el mundo está lleno de novelas inacabadas.
Todo se pudre y se pierde entre baúles, y entre estanterías carcomidas por insectos.
Hojas rotas. Historias destruidas. Tinta seca. Memorias olvidadas.
jueves, mayo 06, 2010
Extinción o desahucio de trazos.
A veces los trazos escuecen, tras plasmarlos sobre el papel, como las líneas estériles.
Y murmuran. Y te llaman. Y te arañan un poco más. Tú les has abandonado, pero no por placer, y se sienten sin dueño.
Rememoras una época en que te salían sin pensar, con fluidez. Recuerdas cómo te dijiste a ti misma que jamás dejarías de plasmarlos. Y también rememoras el motivo que te hizo dejar de seguir tu instinto artístico.
Oxidación de manos, de brazos y dedos. Encarcelamiento de sentimientos. Disolución de ideas e imaginación perdida.
Sé que está ahí, lo sé. Oigo esa débil voz que me taladra la mente cada día, que me dice que vuelva.
Pero no es el momento oportuno, aún no. Y me duele, más que nada.
Me da miedo volver a ver lo que un día hice y verme extraña ante mis obras. Ver que la madre que los creó y engendró ya no se ve capaz de volverlo a hacer. Es cuestión de tiempo, me repito una y otra vez. Cuestión de tiempo. Pero no quiero dejarlo correr.
Vuelve a mí, tú, la necesidad de expresarme en trazos. Vuelve a mí, que hace mucho que te echo de menos, tanto como mis folios echan de menos el trazo de mis lápices sobre ellos.
Es cuestión de tiempo...
miércoles, mayo 05, 2010
Cotidianidad que araña la garganta y carcome el cerebro.
Frío. Ella y yo. Levantarse. Internet. Leer. Comer. Discutir. Dormir. Ella y yo. Frío.
Una salpicadura contante de raquíticas palabras que cercenan las pocas conexiones de autoestima que te quedan por dentro. Que si ésto es por tu culpa, que si yo estaba bien sola, que si estás todo el santo día metida en internet, que ya no vales nada, que estás perdida. Antes le otorga una caricia a la perra que a ti.
Búscate un nuevo sitio que aquí no te quiero, dice.
Luego lágrimas. Miradas perdidas y bocas calladas. La historia jamás terminada.
Y luego...
Frío. Ella y yo. Levantarse. Internet. Leer. Comer. Discutir. Dormir. Ella y yo. Frío.
sábado, mayo 01, 2010
Vuelo.
Me condujiste a una locura y no puse freno. Ni tú lo pusiste. Somos los dos culpables, y yo he dado el paso. Estoy loca.
Y he cogido la página y he mirado días. Y he calculado rutas (y sabes que tú me informaste de tu disponibilidad para que escogiera). Y he acortado distancias que nos separan. Ahora todo es real. El momento se acerca.
Y tengo miedo. Siéndote fiel he sido infiel a mis costumbres, y a mí misma.
Me has dado esperanzas y sé la realidad, y me hieres. Me has dado ilusiones y me hieres. O me hiero, porque está en mis manos sufrir más o menos con ésto.
Me mata la distancia y lo sabes. Me mata que compartas tu vida con otra y lo sabes. Me mata que me tengas que esconder y lo sabes. Pero no me importa cuando escucho tu voz o te leo. Eso también lo sabes.
Me dices que el tatuaje que diseñé ya no podrá hacerse, que quizá otra cosa de momento. Y lo que sea que lo sustituya se quedará contigo y conmigo. Luego pasará lo de siempre. Esta historia ya ha sido escrita muchas veces. Me robarás algo. Lo sé. Me robarás ese pedazo de corazón que soy tan tonta de entregar a los que nunca me pertenecerán. Estoy loca.
Y yo sólo pienso en cuando vaya. No. Miento. Ahora sólo pienso en que por culpa de todo éso que sabemos no puedo saber tanto de ti. Que vas a estar días fuera. E intento acallar ese ácido corrosivo de mis entrañas que siempre aparece cuando se sabe lo que sé.
Pienso en qué meteré en la maleta. La ropa que pueda gustarte o impresionarte. La colonia que me gusta. Mi música. Qué libros llevarme. Cosas que me hagan compañía cuando no estés conmigo -como deberías-.
Y tengo nervios por lo que voy a hacer. Por la situación. Tiemblo por dentro y el vaso al borde de la mesa amenaza con caer y romperse. Yo sólo espero que con ésto lleguemos a tiempo para que no caiga y se salve de romperse nuevamente.
Y estoy loca. Por ti.
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