sábado, mayo 29, 2010

Vértebras en cuerda sinfónica.




Arqueo la espalda y se oye el crujir de todas las vértebras maltratadas. Una tras otra, ruido seco tras ruido seco. Un concierto de deformidades se agolpan tras de mí. Dentro de mí. Se retuercen en su interior a su antojo, sin seguir al director de la obra. El cuello y su eterna obertura de violines agudos. La columna y todo el repertorio de viento. Arriba esos clarinetes. Las flautas traveseras tan protagonistas. In crescendo. Luego un crujir grave de chelos, a la altura de la curvatura lumbar. La cuerda. Finalizando en un estruendo apoteósico en las notas finales del coxis con el tan sencillo, puntiagudo y característico piano. La armonía del caos en melodía. Extasiadas las piezas recolocadas en su sitio tras la rectitud final. Quedan muchos conciertos pero antes se precisan recambios de cuerdas, y aceite para la oxidación de los movimientos. La música como médula espinal. La sangre como notas en sentimiento. El cuerpo, al fin y al cabo, como instrumento.

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