miércoles, mayo 26, 2010

Dientes de león.


Las plantas también han sido nuestros espías, junto con los árboles, la gente y toda la madre Gaia.
Hemos hecho comunión con nuestras ansias. Mis ganas de ti sólo eran comparables con tus ganas de mí.
Retomando la picardía perdida te he besado, te he abrazado, te he mordido, acariciado, mirado. He intensificado las pupilas perdidas en el sol que se reflejaba en las tuyas, los abrazos, he profundizado con la lengua en tu saliva, en tu sabor. Con las yemas de mis dedos, he recorrido toda tu estructura.
Ya no recordaba esa sensación, ni a mí queriendo llevarla a cabo. Te vas y sé lo que me queda, y sé lo que nos espera. Y soy consciente de que te estoy diciendo que hagas lo mejor para ti, que no es compatible con lo que me pide el cuerpo y yo necesito.

Beso tus labios de nuevo, y otra vez, y otra. No hago caso de que mi barbilla está irritada por tu barba de dos días, ni de que tengo sed. Sigo instintivamente, casi visceral, ese vaivén de emociones, de intensidades esperanzadas, de suspiros que crecen y siguen el oleaje de nuestras emociones.

Tu mano en la mía. El tacto de tus dedos en la cintura. La mirada bajo el sol de media tarde. Un suspiro y mil excitaciones. Y eso que me llevo, y eso que sueño, y eso que, poco a poco, se me va en los minutos que permanezco aquí.

Sabíamos que ésto pasaría, y no esperaba nada.

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