A veces los trazos escuecen, tras plasmarlos sobre el papel, como las líneas estériles.
Y murmuran. Y te llaman. Y te arañan un poco más. Tú les has abandonado, pero no por placer, y se sienten sin dueño.
Rememoras una época en que te salían sin pensar, con fluidez. Recuerdas cómo te dijiste a ti misma que jamás dejarías de plasmarlos. Y también rememoras el motivo que te hizo dejar de seguir tu instinto artístico.
Oxidación de manos, de brazos y dedos. Encarcelamiento de sentimientos. Disolución de ideas e imaginación perdida.
Sé que está ahí, lo sé. Oigo esa débil voz que me taladra la mente cada día, que me dice que vuelva.
Pero no es el momento oportuno, aún no. Y me duele, más que nada.
Me da miedo volver a ver lo que un día hice y verme extraña ante mis obras. Ver que la madre que los creó y engendró ya no se ve capaz de volverlo a hacer. Es cuestión de tiempo, me repito una y otra vez. Cuestión de tiempo. Pero no quiero dejarlo correr.
Vuelve a mí, tú, la necesidad de expresarme en trazos. Vuelve a mí, que hace mucho que te echo de menos, tanto como mis folios echan de menos el trazo de mis lápices sobre ellos.
Es cuestión de tiempo...



0 comentarios:
Publicar un comentario