Es muy tarde y sólo en el silencio de la noche me siento a gusto. Parece que el mundo se mantenga muerto, y me gusta.
Me veo hace una semana en una realidad que no parecía estar a través de toda una península recorrida. Me recuerdo besada, querida. Cansada tras haber sido descubierta entre rincones, ahora añoro algo que no pensé necesitar.
Pienso en que ese alguien me busca entre oscuridades, que me recuerda entre las luces de neón de un local de los años 50 o 60 con música de Elvis de fondo, en la claridad de una cerveza, en anuncios tontos y de carente talento, en los cubitos de un té frío, en los ojos indiscretos de los transeúntes de un camino o de unos conductores y sus copilotos, en los besos de dos amantes, en las caricias de una camiseta, en las pelusillas muertas de dientes de león que llenan los suelos transitables de una pradera, en un plato de pasta italiana y queso con nueces, en el golpe papilar de una taza de café con leche, en peces gigantes y cruces sin sentido que rompen con la estética, en construcciones triangulares enormes en medio de la nada, en vientos propios de huracán.
Me he contagiado de su humor raro pero curioso, y algún día él lo hará de mi poética realista y fatalista.
Ha sabido cómo robarme la coherencia, el aliento y las promesas. Recorrerme con los dedos ya no es sólo una metáfora y sabe qué color se vislumbra en las entrañas que habitan debajo los ropajes de mi interior.
Aquí hay temperaturas que no concibo sin los vientos de otros lugares añorados.
Liemos la vida en algo más que palabras.


2 comentarios:
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