Cuando ves circular esa carretera como diapositivas delante de unas retinas ausentes, sabes que algo no va bien y que en tu interior se congela la esperanza.
La prisa en los pulmones. El palpitar que te apuñala. La respiración cortante. Los gestos asesinos. La adrenalina como acelerante visceral.
Una mirada, otra esquiva y una última cautiva. Besos secos -no como los que solían darse-. Momentos que se marchan en una fugacidad apabullante. Un abrazo eterno, con afán ladrón de llevarte conmigo.
La catarata en los ojos contenida. El miedo que anuncia su llegada.
Suspiros. El nervio se hace más cortante.
Un "No llores, por favor". Más muestras de un despido -al que nunca se acostumbraría uno-, de que es hora de volver a la realidad y a las tareas pactadas. La promesa en tu boca de una visita futura -en un corto plazo de tiempo y la primera de muchas-, un episodio más de esta novela a medias, por fascículos intermitentes, con páginas manchadas de sudor y gemidos.
Veo el cariño que te llevas en ese cuello y en los gestos que te he regalado.
La colección de fragmentos descuartizados se esparcen por el suelo y mis pisadas resonantes de tacones palpitantes arrastran tu despedida.
Te llevas cuatro días. Te llevas casi un año. Te llevas mis reliquias -las pocas que me quedaban-, mis ilusiones, mi corazón y mi alma depositada -a voluntad- en tus pupilas.
Y me marcho a sobrevivir con lo que me queda. En un continuo final a medias.


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