miércoles, noviembre 10, 2010

Llamamientos.



Al recuerdo marchitado en la memoria le hago un llamamiento. 

Es tan tentador olvidar... Dejar que el tiempo eche montones de libros encima del diario que contiene las narraciones de tu pasado -con contenidos que a veces son simples voces en off, otras varios diálogos, o quizá simples hojas manchadas sin coherencia-. Dejar que del árbol caigan hojas -a montones- encima del suelo que contiene cadáveres de quienes pasaron por tu vida. Dejar que la lluvia borre las palabras tatuadas en los cristales que alguien pronunció y que ahora ya son restos de grafito.

Ocultaciones, borrones y cuentas nuevas, formateos mentales, memorias selectivas, suplantación de hechos y personas... A fin de cuentas muchos hacen con los recuerdos una agnosia a voluntad. Y, ¿para qué? Luego siempre volverá a aparecer el rincón de una calle parecida a aquella que... un aroma que te llevará a un verano de entonces donde... una silueta que te recordará como... una película que te revolverá el estómago por haberla visto con quien... unas palabras parecidas a aquel diálogo que mantuviste porque... algo pendiente que nunca llegaste a realizar cuando...

Al recuerdo marchitado en la memoria le hago un llamamiento.

Porque le he encontrado el lugar idóneo en el montón de cajas que ocupa el fichero interno. He vuelto a desempolvar viejos documentos y a sacar la información adecuada que me permita aprender de lo que ocurrió, que me ayude a hacer paz con lo que sucedió y que me haga entender y apreciar el momento en el que estoy.

Al recuerdo marchitado en la memoria le hago un llamamiento... para que se quede y observe lo que vendrá.

domingo, noviembre 07, 2010

Al mes y poco.



Si me parara a mirar el rincón de tierra de al lado de una casa aparentemente abandonada (esa que está rodeada de naturaleza, silencio y agua) pensaría en mis dos perras muertas y me moriría al volver a recordar los últimos minutos en que sostuve la vida de cada una de ellas. Me vendría a la mente la muerte y su macabro gusto por los huesos, como los perros, que también comen huesos. La del manto oscuro debe entretenerse tallándolos en forma de lápices, de tenedores, de abrecartas, de platos, de ceniceros, de peines. Sí, asquerosa "afición" que tiene la muy puta. Lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario.

Desperdicios, polvo y cenizas. Donde una vez un niño jugaba a intentar retener un grillo en un tarro de cristal, o donde una tarde una niña aprovechaba el rincón de una piedra como mesita para colocar su muñeca, hay manchas de sangre y algunos cabellos del paso de una disputa que acabó en agitación; hay restos de gotas de cera usada para intentar iluminar lo justo para no romper lo misterioso; hay restos de saliva sobre el lodo y lo que parece la marca de unos dedos en forma de puñetazo en la pared; hay un tres en raya desdibujado en la arena; hay los restos de la quema de unas cartas que ya nadie desea acordarse que las leyó; hay brazos cortados sombre las sábanas y bilis que mancha la almohada; hay una caja llena de recuerdos y buenos deseos enterrada, y dos vestidos que ya no se usan, y unos calcetines viejos, y tres postales con unas palabras que se borran, y hay una manta que recubre en cuerpo... Hay mentes enfermas de añoranza y ojos incrustados en una mano que se desliza hacia el silencio, y un corazón que late para engañar, y una rosa que se abre para traicionar... y el sol llorando frente a un cuervo que grazna. 
Y el interior desmembrado intenta ejecutar una melodía que nadie entiende bajo la lluvia que calma mi mal. Nadie nos oye, por eso emitimos ruegos.




"Voces, rumores, sombras, cantos de ahogados: no sé si son signos o una tortura. Alguien demora en el jardín el paso del tiempo. Y las criaturas del otoño abandonadas al silencio.

Yo estaba predestinada a nombrar las cosas con nombres esenciales. Yo no existo y lo sé; lo que no sé es qué vive en lugar mío. Pierdo la razón si hablo, pierdo los años si callo. Un viento violento arrasó con todo. Y no haber podido hablar por todos aquellos que olvidaron el canto."
Alejandra Pizarnik

miércoles, octubre 27, 2010

Esquinas sucias.



Hay una mujer -con la que me encuentro en ocasiones en la misma esquina de la misma calle- que siempre me hace sentir ganas de detenerme y dedicarle unos minutos. Encontrarme con ella empezó por casualidad y ahora ya creo que busco su encuentro. La gente pasa por delante de ella y nadie se detiene, pues adoptan esa actitud tan "normal" de pasar de la gente sin techo. Apartémonos de la pobreza, como si de la lepra se tratara, como si fuera contagiosa. La gente aborrece lo feo, lo gris, lo sucio, lo decadente, lo triste. Entre basuras existe una gran verdad que la gente intenta no ver. Esta mujer va siempre con un perro, que no tendrá ni dos años, que siempre me saluda con alegría subiéndose a mi falda, y me enternece como sólo un animal consigue hacerlo. Cuando pierdo la esperanza en las cosas buenas sólo necesito ver un perro para recuperarme de mi falta de fe.
Yo podría ser esa mujer dentro de unos años, esa mujer que ahora ya no puede ni levantar la cabeza, que viste con arapos y que va descalza. Esa mujer podría ser mi vecina, o la antigua compañera de clase que tuve en primaria. Yo podría ser ese perro en otra vida. Lo que sí espero no llegar a ser nunca es esa persona que pasa de largo por delante de la vida misma.

Despierta insensata, despierta.


Podría ser domingo. Podría ser sábado, quizá. Podría ser un asqueroso lunes que de repente se convierte en un buen comienzo de semana. Emerge un ruido por la ventana de una ciudad despertándose e irrumpe en tu sueño, se enreda en tu cabello y te araña la piel. Despierta el ser que está a tu lado y todo parece natural aunque algo caótico. Podría ser hace dos semanas y podrías pensar en la posibilidad de que los sueños llegan y pueden cumplirse. Piensas en que es posible que exista ese nombrado destino que nunca has visto más allá de las películas o algunos libros. Pero estamos a miércoles y, por mucho que imagines, no estamos en esos días y los que vengan no serán los mismos. Porque ni siquiera hay sitio aquí para un respiro de esperanza.
Y sigues buscando por debajo de las piedras esa mota de polvo hecho ser que se asemeje un poco a ti y caliente tus frías manos. Date contra la pared, porque has vuelto a fallar.

martes, junio 22, 2010

Dolor del miembro fantasma.

Cuando te prometes a ti mismo que no te permitirás decaer, estás sentenciando gran parte de tu propia estabilidad interna. Dile equilibrio al borde del precipicio amenazando con caer y romperse.
Cuando decides que las lágrimas pueden quedar para más tarde, en realidad te estás abriendo heridas internas que producen hematomas que no ves y que con el tiempo dañarán esa entereza que te empeñas en mantener erguida.
Cuando asumes el papel de toda una familia en una sola persona. Cuando todo el peso de ser la persona adulta recae sobre tu espalda, es el principio de ir hundiéndote en la tierra. Sabes que un día ésta te llegará a la boca y sabes que no tendrás raíz cercana a la que agarrarte.

Nervios por las horas venideras, de estar esperando la pesadilla. Luego trenes. Luego carreteras. Seis de la mañana. Hospital. Planta novena, habitación 931. El sol que tímidamente sale por la ventana anunciando que empieza el día crucial. Por suerte la habitación no es compartida.
Blanco inmaculado cubriéndolo todo (y cómo odias ese color, sólo hace que aumentar el miedo).
Desinfectante corporal y se la llevan. Tú no puedes ir. Queda esperar, esperar, distraerte como puedas, y desear lo mejor.
Una hora. Dos. Cuatro. Seis. Has empezado un libro y ya llevas doscientas páginas.  Marchas a terminar el papeleo definitivo del Documento de Voluntades Anticipadas y el Testamento Vital. Vuelves al cuarto y esperas. Llamada. Que dicen que bajen los familiares, y te ríes sarcásticamente (por decirlo de alguna forma) de que empleen un plural, ese que nunca ha habido entre vosotras, siempre solas para todo.
Nervios. Prisas. Pasos resonantes. Respiración lacerante y asfixiante. Planta tres. parte trasera. Sala para familiares. Te informan rápidamente de algo que necesitarías que te explicaran durante horas y con pelos y señales. Y te hacen esperar dos horas más.
Vuelves al cuarto. Vuelves al jodido libro que ya te cansa.

Y la traen.

Y te vuelves a repetir, ahora no, luego, llora luego. Y vuelves a sentenciarte porque luego sabes que no saldrá.

Tubos. Sueros. Sábanas manchadas ligeramente. Olor nauseabundo a medicamentos y a quirófano. Gasas. Sondas. Drenajes. Y tensión baja. Y mis piernas fallan.
Coges una gasa humedecida y limpias la sangre de la boca. No le dejan beber hasta dentro de cinco horas. Y le levantan la bata, la ridícula bata de lazos traseros abiertos. Y no lo ves del todo. Ves gasas enormes. Ves mercromina recorriendo todo el torso y el brazo izquierdo. Y vuelves a odiar ese olor a hospital.

Horas siguientes que transcurren entre revisiones cada media hora, entre atenciones. constantes. Luego intermitentes. Sabes que ninguna de las dos muestra el verdadero dolor, pero somos así.
No has comido, ni dormido. Te notas agotada pero no puedes hacer ninguna de las dos cosas.

Me pregunto mil cosas y no me puedo ni imaginar esa ausencia, esa sensación tras un miembro amputado. Mastectomía.

Cuando vuelves a casa e intentas hacer vida normal, algo de todo éso te ha vuelto a machacar por dentro, pero a un nivel superior. Y si parezco victimista me da igual. Me duele. Me siento sola. Impotente. Rabiosa. Perdida. Hundida. A la deriva.

Y no sabes qué hacer en una situación así...

Sólo continuar ahí. Continuar entera, presente, a costa de lo que sea. Al fin y al cabo sigue viva.

La lucha no ha terminado.

sábado, junio 19, 2010

Compartimentos oxidados.


Permítete un momento de no-reflexión, un detenimiento singular en algo muy simple. Fragmenta con el silencio la claridad de una mirada en múltiples imágenes retenidas en las pupilas. Diluye con espasmos la delicadeza de unos labios en la medición de una saliva agridulce. Peina con los dedos la resbaladiza superficie de la cabellera quebradiza llena de partículas de viento, humo y ruido. Usa el instrumento vertebral como si de las teclas de un piano se tratase. Fabrica melodías con las yemas dactilares de manos torpes. Recorre la carretera del desierto que es la piel, que se retrae ante el frío y se abandona a la sequedad del tiempo y la gravedad. Entinta el libro vital de las frases pasadas con palabras tecleadas en suspiros. Haz bailar la realidad sin llegar a la habitación de las ilusiones -esa de la que siempre se sale más dolido que al principio-, al son de la música de un fuego que enciende a la vez que marchita y mata. Y seca. Y enfría. Y endurece. Nunca duradero. Nunca del todo cuerdo.
Pero sobretodo márchate sin pisadas, sin huellas, sin ecos y sin fotogramas pupilares. Deja un espacio en el presente que nunca persista. Y cae en la cuenta de que lo único que permanece, aquí y siempre, contigo, en todos, para todo, es la maldición de la nada. Ese aliento que enfría una almohada. Esa lluvia ácida de los ojos que deshace la ternura. Esa presencia que ahuyenta la vida misma. Esa sombra que pisas. Todo es de materia intangible intentando retrasar la muerte, sin conseguirlo.

jueves, junio 17, 2010

Crisis en el alma.


Usas sonrisas para ahorrar en explicaciones. Silencio tras la boca. Bullicio en la habitación interna llamada "tristeza". Usas miradas cabizbajas para esquivar el mundo. Para ahorrar en relaciones sociales. Huyes de especímenes que no son de tu raza, que son sólo copias de algo que se llama humanidad. Humanidad que no conoce la complejidad de esa palabra. Nadie habita en los cuerpos. Nadie existe tras lo material. Todo está contaminado. Usas palabras pactadas con el mundo para ahorrar en conversaciones. Egoísmo como moneda habitual intercambiada en la saliva. Miedo que tiene el mundo en quedarse a solas con sus "yo".
Y llegas a casa y te desprendes bajo la ducha de esa peste del mundo, de esa contaminación de las miradas, de esa infección de la muchedumbre.
Pero las cosas no cambian mucho.
Y, para ahorrar, usas cuchillas en lugar de lágrimas. Comes plástico en lugar de comida. 
Sobrevives anestesiada en casa para ahorrarte una vida. Mueres para ahorrar en conciencia. Para ahorrarte sufrimientos. Para ahorrarte agonías.
Y escribes, escupes en letras, para ahorrar en tener que recurrir al mundo para pedir auxilio.

martes, junio 08, 2010

Tarde.


Te negro para un alma en pútrida descomposición. Para una mente raída. Para unas ilusiones autistas. Para una vida perdida.
Azúcar en dosis elevadas que no endulzan ni las miradas. Las aguas oxidadas. Los cuerpos agarrotados. Las palabras enjauladas y una garganta colapsada.
Una ventada cerrada y su llave extraviada. Moho en el aire y la respiración cortante. Caos al instante.
Metástasis en las pestañas. Pechos que renuncian. Salvaciones perdidas y un vacío que se aproxima.

sábado, junio 05, 2010

A ti te pregunto, ¿realmente sabes?


 ¿Sabes? Aún recuerdo lo que es el sabor dulce de las mañanas delante del mar. La sal en la mirada. La humedad en los oídos. El oleaje en la nariz.
¿Sabes? Todavía guardo el aire en fragmentos. La ventisca en mis adentros. Los azotes de mis cabellos contra el viento.
¿Sabes? Sigo pensando en los caminos de miradas. Pisadas acariciadas. Valles de estancias cerradas.
Pero aquí te digo, aquí retengo, aquí manifiesto que, ¿sabes? la mente es traicionera. Los recuerdos se renuevan. Las dolencias se ahogan. Las ganas se apagan. Las vivencias se marchitan. Las ilusiones, a fin de cuentas, se... suplantan. Todo se moldea a lo asequible. Todo muta. Todo cambia. Nada dura.
Y a ti te pregunto, realmente, las cosas nunca se pueden retener y menos en el pasado, ¿eso lo sabes?

sábado, mayo 29, 2010

Vértebras en cuerda sinfónica.




Arqueo la espalda y se oye el crujir de todas las vértebras maltratadas. Una tras otra, ruido seco tras ruido seco. Un concierto de deformidades se agolpan tras de mí. Dentro de mí. Se retuercen en su interior a su antojo, sin seguir al director de la obra. El cuello y su eterna obertura de violines agudos. La columna y todo el repertorio de viento. Arriba esos clarinetes. Las flautas traveseras tan protagonistas. In crescendo. Luego un crujir grave de chelos, a la altura de la curvatura lumbar. La cuerda. Finalizando en un estruendo apoteósico en las notas finales del coxis con el tan sencillo, puntiagudo y característico piano. La armonía del caos en melodía. Extasiadas las piezas recolocadas en su sitio tras la rectitud final. Quedan muchos conciertos pero antes se precisan recambios de cuerdas, y aceite para la oxidación de los movimientos. La música como médula espinal. La sangre como notas en sentimiento. El cuerpo, al fin y al cabo, como instrumento.

Sucia.



Sucia. Y hablo con la boca envenenada de sexo como nunca antes lo había hecho. Vacía. Y tengo el portátil entre mis piernas vociferando música roquera que me aumenta la excitación. Cansada. Inclino la cabeza hacia atrás y dejo que los párpados caídos me lleven a un lugar pasado. Tiempo. Y lo acuno aquí, y lo adormezco entre mis muslos. Hambrienta. Porque me despiertas este apetito carnívoro de temperatura elevada, de jadeos y respiración entrecortada, de sequedad en la boca y miradas sin parpadear. Seca. Y escupo en palabras los fluidos de aquellas horas que apuñalan. Extasiada. Y las ansias que evoco chocan contra el techo eyaculándome encima, recordándome que no estás. Concienciada. Palabras que no me atrevo a leer corridas en este espacio blanco. Avergüenzo este folio y te doy la culpa a ti. Y nuevamente. Sucia.

miércoles, mayo 26, 2010

Entrañas indigeribles.


Vuelvo a casa despertando a los ratones con los tacones resonando en el silencio. Hago ruido y me recuerda a tus ansias llamando a la puerta de mi desesperanza. Hoy, por primera vez, cierro los ojos en la tenue luz y miro por dentro de la vida de otro modo. Hago ruido en mi mente de otro modo. Araño la pasividad de mi cerebro de otro modo. El sonido del tacón -pienso, noto-; el sonido del falso tacón que no mide ni cinco centímetros; el sonido del tacón que retumba en el eco punzante, como la perdida chica a punto de ser violada en un callejón. Desamparada, que camina a la deriva volviendo al hogar sola (en esa distancia corta que la separa del tren de acero que se aleja), esta noche de verano. Pasos que suenan a gemidos bruscos. Tu boca al otro lado de la península en una noche de prematuro calor infernal y viento, mucho viento. Separados y viento. Solos y viento. Haciéndonos daño y viento. Acallados y viento. Volver a casa y escribir una torpes líneas -con palabras huidizas- que se creen poema, y hacerte creer a ti misma que lo que anotas no ha muerto. Que al menos sigue vivo en el palpitar de una pantalla electrónica. Hoy, por primera vez, piso el suelo de tu mente con tacones rotos, con pies cansados. Sacas una bolsa roja y me regalas promesas entrecortadas. Palabras arenosas que se cuelan entre los dedos. Verano y viento. Verano y rota. Tus besos son la escusa del verano. Verano putrefacto y de humedad asquerosa. Verano pegajoso. Verano que me causa vómitos y flojera en mi tensión baja. Tu verano es la escusa de mis muslos cansados. Verano... Llego a casa haciendo ruido y abro la botella de horchata dulce. Fría. Blanca como savia en mi estómago. Donde todo es víscera. Donde todo permanece oscuro. Donde no llega el sonido de mis tacones cansados ni el de tus promesas esquivas. Donde todo es temporal y digerible. Donde muere mi fe.

Aire entre los recuerdos.



Es muy tarde y sólo en el silencio de la noche me siento a gusto. Parece que el mundo se mantenga muerto, y me gusta.

Me veo hace una semana en una realidad que no parecía estar a través de toda una península recorrida. Me recuerdo besada, querida. Cansada tras haber sido descubierta entre rincones, ahora añoro algo que no pensé necesitar. 
Pienso en que ese alguien me busca entre oscuridades, que me recuerda entre las luces de neón de un local de los años 50 o 60 con música de Elvis de fondo, en la claridad de una cerveza, en anuncios tontos y de carente talento,  en los cubitos de un té frío, en los ojos indiscretos de los transeúntes de un camino o de unos conductores y sus copilotos, en los besos de dos amantes, en las caricias de una camiseta, en las pelusillas muertas de dientes de león que llenan los suelos transitables de una pradera, en un plato de pasta italiana y queso con nueces, en el golpe papilar de una taza de café con leche, en peces gigantes y cruces sin sentido que rompen con la estética, en construcciones triangulares enormes en medio de la nada, en vientos propios de huracán.

Me he contagiado de su humor raro pero curioso, y algún día él lo hará de mi poética realista y fatalista.
Ha sabido cómo robarme la coherencia, el aliento y las promesas. Recorrerme con los dedos ya no es sólo una metáfora y sabe qué color se vislumbra en las entrañas que habitan debajo los ropajes de mi interior.

Aquí hay temperaturas que no concibo sin los vientos de otros lugares añorados.

Liemos la vida en algo más que palabras.

Colapso en partida inmediata.


Cuando ves circular esa carretera como diapositivas delante de unas retinas ausentes, sabes que algo no va bien y que en tu interior se congela la esperanza.
La prisa en los pulmones. El palpitar que te apuñala. La respiración cortante. Los gestos asesinos. La adrenalina como acelerante visceral.
Una mirada, otra esquiva y una última cautiva. Besos secos -no como los que solían darse-. Momentos que se marchan en una fugacidad apabullante. Un abrazo eterno, con afán ladrón de llevarte conmigo.
La catarata en los ojos contenida. El miedo que anuncia su llegada.
Suspiros. El nervio se hace más cortante.
Un "No llores, por favor". Más muestras de un despido -al que nunca se acostumbraría uno-, de que es hora de volver a la realidad y a las tareas pactadas. La promesa en tu boca de una visita futura -en un corto plazo de tiempo y la primera de muchas-, un episodio más de esta novela a medias, por fascículos intermitentes, con páginas manchadas de sudor y gemidos.
Veo el cariño que te llevas en ese cuello y en los gestos que te he regalado.
La colección de fragmentos descuartizados se esparcen por el suelo y mis pisadas resonantes de tacones palpitantes arrastran tu despedida.
Te llevas cuatro días. Te llevas casi un año. Te llevas mis reliquias -las pocas que me quedaban-, mis ilusiones, mi corazón y mi alma depositada -a voluntad- en tus pupilas.
Y me marcho a sobrevivir con lo que me queda. En un continuo final a medias.


Dientes de león.


Las plantas también han sido nuestros espías, junto con los árboles, la gente y toda la madre Gaia.
Hemos hecho comunión con nuestras ansias. Mis ganas de ti sólo eran comparables con tus ganas de mí.
Retomando la picardía perdida te he besado, te he abrazado, te he mordido, acariciado, mirado. He intensificado las pupilas perdidas en el sol que se reflejaba en las tuyas, los abrazos, he profundizado con la lengua en tu saliva, en tu sabor. Con las yemas de mis dedos, he recorrido toda tu estructura.
Ya no recordaba esa sensación, ni a mí queriendo llevarla a cabo. Te vas y sé lo que me queda, y sé lo que nos espera. Y soy consciente de que te estoy diciendo que hagas lo mejor para ti, que no es compatible con lo que me pide el cuerpo y yo necesito.

Beso tus labios de nuevo, y otra vez, y otra. No hago caso de que mi barbilla está irritada por tu barba de dos días, ni de que tengo sed. Sigo instintivamente, casi visceral, ese vaivén de emociones, de intensidades esperanzadas, de suspiros que crecen y siguen el oleaje de nuestras emociones.

Tu mano en la mía. El tacto de tus dedos en la cintura. La mirada bajo el sol de media tarde. Un suspiro y mil excitaciones. Y eso que me llevo, y eso que sueño, y eso que, poco a poco, se me va en los minutos que permanezco aquí.

Sabíamos que ésto pasaría, y no esperaba nada.

miércoles, mayo 12, 2010

Mundo en estanterías.



Ya no pertenecemos a ningún sitio.
Te empeñas en decirte a ti mismo que ocupamos un espacio, que alguien nos piensa, que acontecerá algo mejor. Te empeñas en crear distracciones a una vida monótona. 
Somos papel. Somos fragilidad en letras. Somos un vómito de frases.
Un libro encima de un libro. Y llamo libro al montón de hojas de las miles de historias que corren por este planeta. Cada persona se crea una propia novela; una novela llamada vida. El mundo es una biblioteca. El mundo tiene tiendas con libros. Tiendas polvorientas. Tiendas actualizadas. Novelas olvidadas, marchitas y con hojas perdidas. Novelas bonitas, cursis, de miedo, dramáticas. Y, sobretodo, el mundo está lleno de novelas inacabadas.
Todo se pudre y se pierde entre baúles, y entre estanterías carcomidas por insectos.
Hojas rotas. Historias destruidas. Tinta seca. Memorias olvidadas.

jueves, mayo 06, 2010

Extinción o desahucio de trazos.


A veces los trazos escuecen, tras plasmarlos sobre el papel, como las líneas estériles.
Y murmuran. Y te llaman. Y te arañan un poco más. Tú les has abandonado, pero no por placer, y se sienten sin dueño.
Rememoras una época en que te salían sin pensar, con fluidez. Recuerdas cómo te dijiste a ti misma que jamás dejarías de plasmarlos. Y también rememoras el motivo que te hizo dejar de seguir tu instinto artístico.
Oxidación de manos, de brazos y dedos. Encarcelamiento de sentimientos. Disolución de ideas e imaginación perdida.
Sé que está ahí, lo sé. Oigo esa débil voz que me taladra la mente cada día, que me dice que vuelva.
Pero no es el momento oportuno, aún no. Y me duele, más que nada.
Me da miedo volver a ver lo que un día hice y verme extraña ante mis obras. Ver que la madre que los creó y engendró ya no se ve capaz de volverlo a hacer. Es cuestión de tiempo, me repito una y otra vez. Cuestión de tiempo. Pero no quiero dejarlo correr.
Vuelve a mí, tú, la necesidad de expresarme en trazos. Vuelve a mí, que hace mucho que te echo de menos, tanto como mis folios echan de menos el trazo de mis lápices sobre ellos.
Es cuestión de tiempo...

miércoles, mayo 05, 2010

Punto y coma.


Soy el beso que una vez tiraste al suelo de la calle donde yo vivo muriendo.

Cotidianidad que araña la garganta y carcome el cerebro.


Frío. Ella y yo. Levantarse. Internet. Leer. Comer. Discutir. Dormir. Ella y yo. Frío.
Una salpicadura contante de raquíticas palabras que cercenan las pocas conexiones de autoestima que te quedan por dentro. Que si ésto es por tu culpa, que si yo estaba bien sola, que si estás todo el santo día metida en internet, que ya no vales nada, que estás perdida. Antes le otorga una caricia a la perra que a ti.
Búscate un nuevo sitio que aquí no te quiero, dice.
Luego lágrimas. Miradas perdidas y bocas calladas. La historia jamás terminada.
Y luego...
Frío. Ella y yo. Levantarse. Internet. Leer. Comer. Discutir. Dormir. Ella y yo. Frío.

sábado, mayo 01, 2010

Vuelo.


Me condujiste a una locura y no puse freno. Ni tú lo pusiste. Somos los dos culpables, y yo he dado el paso. Estoy loca. 
Y he cogido la página y he mirado días. Y he calculado rutas (y sabes que tú me informaste de tu disponibilidad para que escogiera). Y he acortado distancias que nos separan. Ahora todo es real. El momento se acerca.
Y tengo miedo. Siéndote fiel he sido infiel a mis costumbres, y a mí misma.
Me has dado esperanzas y sé la realidad, y me hieres. Me has dado ilusiones y me hieres. O me hiero, porque está en mis manos sufrir más o menos con ésto.
Me mata la distancia y lo sabes. Me mata que compartas tu vida con otra y lo sabes. Me mata que me tengas que esconder y lo sabes. Pero no me importa cuando escucho tu voz o te leo. Eso también lo sabes.
Me dices que el tatuaje que diseñé ya no podrá hacerse, que quizá otra cosa de momento. Y lo que sea que lo sustituya se quedará contigo y conmigo. Luego pasará lo de siempre. Esta historia ya ha sido escrita muchas veces. Me robarás algo. Lo sé. Me robarás ese pedazo de corazón que soy tan tonta de entregar a los que nunca me pertenecerán. Estoy loca.
Y yo sólo pienso en cuando vaya. No. Miento. Ahora sólo pienso en que por culpa de todo éso que sabemos no puedo saber tanto de ti. Que vas a estar días fuera. E intento acallar ese ácido corrosivo de mis entrañas que siempre aparece cuando se sabe lo que sé.
Pienso en qué meteré en la maleta. La ropa que pueda gustarte o impresionarte. La colonia que me gusta. Mi música. Qué libros llevarme. Cosas que me hagan compañía cuando no estés conmigo -como deberías-.
Y tengo nervios por lo que voy a hacer. Por la situación. Tiemblo por dentro y el vaso al borde de la mesa amenaza con caer y romperse. Yo sólo espero que con ésto lleguemos a tiempo para que no caiga y se salve de romperse nuevamente.
Y estoy loca. Por ti.

jueves, abril 29, 2010

Inconexión caótica de palabras.




Ruido en las ventanas. Golpes de gotas a las que se les impide entrar. Están desahuciadas y las comprendo. Me siento espiada y tengo frío. Y escalofríos. Y hambre. Hambre voraz de palabras acalladas, estallidos escondidos de esas cosas que debería decir pero no me atrevo. Y hay un gris en el cielo como esa camiseta que llevo puesta, la típica de las mañanas, la que ya no muestro a nadie. Y el retumbar constante en el cristal hace eco en mis entrañas. Y me siento vacía. El reloj suena en la pared. Cojo un libro -mientras pienso en que tengo cinco a medias- intentando acallar el silencio de una mente caótica por tu culpa. Y me corto con la hoja (y tú estás lejos). Sangre (y sé que te gusta esa manera mía de combinar el rojo con el negro). Corto la hemorragia con la boca (e imagino tus labios en mi herida). Ese sabor peculiar del metal la inunda y acalla mi sed (la que tengo desde que no bebo de ti). Tu ausencia me causa heridas. No consigo leer y las letras me parecen esquivas. Se pierden (se parecen a ti). Están desubicadas y borrachas, como atolondradas. Y ahondo mi pensamiento en tus palabras. Muerdo mis labios. Miro esa silla en la que nunca te sentarás. Y odio saber que no tengo recuerdos tuyos. Porque no puedo ni sentir míos tus momentos, porque no tenemos nada nuestro, sólo palabras. Como las de ese libro que no acabo. Y rompo un vaso contra la pared y salpican cristales por las sábanas y el suelo. Me veo fragmentada en miles de ellos y no me molestaré en recogerlos. Como sé que tu nunca harás con mis fragmentos. Rabio por dentro al saber que otra te gritará mientras yo te pienso. Que otra te abrazará mientras no me duermo. Otra te cuidará mientras yo te pierdo. Miro una planta marchita en el balcón pudriéndose. Ella tampoco puede palpar nada, no tiene sentidos. Como yo contigo. No tenemos nada. Siento la humedad en el pecho y al menos sé que eso puedes llegar a notarlo en algún momento. Pero nunca los dos a la vez. Como todo. Separados. Y mucha distancia carcomiendo las mentes y los cuerpos.

lunes, enero 18, 2010

Exprimiendo pensamientos.


Quisiera escribir algo alegre pero no puedo. De verdad lo intento, me siento y pienso.

Desde hace unos meses siempre tengo en mi mente el volver, el recuperar la esencia marchita... el vivir.

No me percaté, sin embargo, de que esta vuelta era más que una puerta abierta a todo lo que fui en un tiempo ya demasiado lejano como para recordar con certeza, sino también a un yo misma que nunca había llegado a alcanzar, a un yo deseado y que soñé con ser algún día.

Hace ya demasiado que comencé a descender dentro de mi difuso "yo interior", hasta tal punto que las secuelas dejaron de ser rastro de los últimos cambios para ser las marcas de una auto-destrucción a medida propia del no saber encontrar el orden de un futuro más complejo aún que mi propio mecanismo de defensa.

Y puede que nadie logre entenderme, más bien puede que ni yo misma todavía lo haga... Pero lo cierto es que no pienso parar hasta salir de nuevo a flote.
He estado casi matando la parte de mí que más quería y sin quererlo. Y miedo me da no volver a verla.

Esta lucha es cuestión de fuerza interior, de auto-suspiros, es una escalada manual pero eficiente hacia lo más profundo de uno mismo.
Aquí es donde me paro y me siento a reflexionar sobre todo lo que fui, diplomada en no ser desplomada por las emociones y esta cara de no saber dónde puedo acabar (y es por ello que con frecuencia mi faz se vuelve algo desencajada). Pero... ¿Qué implica?

A comenzado un año (y se avecina otro aniversario) y las ilusiones galopan por mi espalda (y me obligo a pensar en las pocas y difusas esperanzas o alegrías que existen antes de verse éstas totalmente ahogadas por las numerosas dificultades, amargas secuelas y realidades que me -y nos- envuelven). Pienso irremediablemente en si no vuelvo, en si me puedo volver a equivocar, a caer, a esperanzar e ilusionar, a enfadar, a llorar, a luchar y luego perder... o puede que ganara alguna vez... poco importa.

Si miras al final de la escalera, podrás encontrarme observando lo que pasa -observando también a las personas que me rodean, sus vidas, sus metas alcanzadas y los sueños que cumplen, y también sus desdichas, de las cuales quiero formar parte para ayudar y aliviarles sus penas, y ser así algo mejor persona y sentirme bien-, y podrás ver como y como tras la mueca de melancolía de mi rostro escribo con amargura cómo pasan estos años y, junto a ellos, cómo las oportunidades y los sueños se van escapando de entre los dedos.

Tal y como empecé -no sé cómo-, o tal y como me empujaron a empezar esta rueda de irregularidades, entré en este desastre espiritual en búsqueda de una sinopsis correcta para mi historia. Que los finales son tremendos, estamos todos de acuerdo. Irremediablemente siempre confesaré que yo siempre seré la idiota que llore cuando los créditos de la película de esta etapa quieran decirnos adiós.

Hay algo en mi garganta que apenas me deja respirar. Difumino el problema que atosiga mi caja torácica o cómo me están doliendo los viernes. Días casi carentes de aire con el que jugar a humanizarme un poco, que pareciera ahogarme conmigo misma. Será cuestión de poner cada morada en su lugar, quitar un poco de polvo y lucir entre bocas sonrisas cuales razones.

Es tiempo de dibujar tal como a mí me gusta y sé, y también de escribir. Me gustaría narrar una historia diferente... He escrito capítulos de luchas, de desahucios de vidas enteras, de carencias y futilidades, de gritos y esperanzas marchitas, de sueños estampados contra un cristal... Y quiero, y deseo, y anhelo con cada fibra de mi ser, con el último soplo de aliento y esperanza que ahora guardo en un rincón muy escondido de algún lugar perdido de mi interior, algún capítulo que empiece y acabe bien, que sea fructífero en algo y que alimente un poco la dicha de una mujer que, dentro de todo, aún no debería verlo todo acabado y tiene mucho que dar y recibir.

Y quisiera gritar.